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7/10/2026

Sergio Fernández, CEO de John Deere Argentina: “La tecnología mejora entre 25% y 30% la productividad de las cosechas”

La agricultura es una de las actividades tradicionales y uno de los principales motores de la economía argentina. En 2025, la agroindustria representó el 22% de la actividad económica del país y se ubicó como el sector con mayor participación en el Producto Bruto Interno (PBI), según un informe de la Fundación Agropecuaria para el Desarrollo de Argentina (FADA).
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Marcela Tedesco
Marcela Tedesco

Las cadenas agroindustriales equivalen a uno de cada cinco puntos del PBI. Por eso, el agro no es una actividad que pueda quedar fuera del radar cuando se discute la competitividad de la economía argentina.

Y en estos momentos, el campo está atravesando una transformación tecnológica que está modificando la forma de producir, tomar decisiones y relacionarse con toda la cadena de valor.

La llamada agricultura digital es, en esencia, una agricultura de precisión gestionada a partir de datos. Las máquinas fueron incorporando sensores cada vez más sofisticados que permiten automatizar funciones y recolectar información, a esto se suman la telemática, el geoposicionamiento satelital, la conectividad, las plataformas de gestión de datos y, cada vez más, la inteligencia artificial.

El resultado es una nueva forma de gestionar una explotación agrícola. “Implica tener y usar todos los datos históricos para poder tomar decisiones, y al mismo tiempo ver online lo que está ocurriendo con la flota en la producción día a día”, señala Sergio Fernández, CEO de John Deere Argentina.

En ese modelo, la máquina deja de ser simplemente un bien de capital para convertirse en parte de un ecosistema en el que participan distintos actores de la cadena. “El ecosistema pasa por el soporte del concesionario, el agrónomo, el técnico en conectividad, el fabricante, el proveedor de semillas”, explica Fernández. El objetivo, dice, es “maximizar la renta de ese productor a partir de esa agricultura digital”.

Desafíos

Argentina está avanzando hacia la digitalización, pero todavía convive con una fuerte heterogeneidad.

Según los datos aportados por John Deere, la compañía tiene actualmente más de 16 millones de hectáreas conectadas a la nube para optimizar el ciclo productivo y el desempeño de más de 14.000 máquinas conectadas.

Uno de los principales problemas es la antigüedad del parque de maquinaria. “Entre 70% y 80% del parque de cosechadoras tiene más de diez años. La diferencia entre una cosechadora de esa antigüedad y una máquina actual es brecha de productividad de entre 20% y 25%”, enfatiza Fernández.

La renovación del parque aparece así como una condición para que la digitalización alcance todo su potencial. Las máquinas más modernas incorporan sensores, sistemas de automatización y herramientas de conectividad que permiten no sólo hacer más eficiente una tarea sino también generar y procesar información sobre ella.

El problema es que la incorporación de bienes de capital ocurre en un momento de transición para los productores. Después de años en los que la inflación, las diferencias cambiarias y otras distorsiones modificaban la ecuación económica, el nuevo escenario exige recalcular las decisiones de inversión. La tasa de financiamiento, el precio de la maquinaria y la rentabilidad esperada pueden modificar sustancialmente la conveniencia de renovar un equipo.

La infraestructura es otro de los límites. La conectividad rural fue durante años un cuello de botella para una agricultura que necesita transmitir información desde el campo en tiempo real. El desarrollo de soluciones satelitales está ampliando la cobertura y permite llevar conectividad a zonas donde antes el productor debía almacenar los datos y descargarlos al regresar a la oficina.

Y existe un tercer factor, menos tangible pero igualmente relevante: la adopción. El cambio tecnológico supone modificar hábitos de trabajo y formas tradicionales de relacionarse con las máquinas. “Hay productores agropecuarios baby boomers como yo a los que les cuesta la adopción de la tecnología. Las nuevas generaciones, en cambio, incorporan las herramientas con mayor velocidad. Tenemos un gran trabajo de capacitación para hacer, de todo el personal del campo”, indica Fernández.

El potencial de esa transición, sin embargo, es considerable. Fernández estima que “las nuevas tecnologías pueden generar mejoras de productividad del orden de 25% a 30% en cosecha y reducciones de hasta 70% en el volumen de productos utilizados en determinadas aplicaciones”. Son cifras que muestran por qué la digitalización no es sólo una cuestión tecnológica, sino también económica.

Fernández considera que en ese proceso también puede contribuir la articulación público-privada, especialmente en educación, infraestructura y capacitación. Aun así, su diagnóstico sobre la posición argentina es positivo: “Estamos avanzando muy bien en comparación con otros países también”.

La competitividad de la manufactura

La transformación digital del agro tiene otra dimensión: la necesidad de sostener una industria nacional capaz de fabricar las máquinas y componentes que requiere una de las principales actividades económicas del país.

“En sectores como la maquinaria agrícola, existe evidencia de que la industria local puede competir con estándares internacionales. El clúster de maquinaria agrícola de Córdoba y Santa Fe, cuenta con empresas que durante años exportaron sembradoras y otros equipos a mercados europeos. En el caso de una multinacional como John Deere, además, la exigencia es global: los productos fabricados en Argentina deben alcanzar los mismos niveles de prestaciones y calidad que los producidos en Estados Unidos, Alemania, Francia, México o Brasil”, asegura.

El desafío aparece en otra parte de la ecuación. La estructura impositiva, la infraestructura, los costos laborales y la logística condicionan la competitividad de las plantas argentinas frente a otros centros manufactureros.

La discusión adquiere una dimensión estratégica porque la maquinaria agrícola es un insumo esencial para producir los bienes que luego generan una parte sustancial de las exportaciones argentinas. Para Fernández, contar con una manufactura competitiva de maquinaria agrícola es, por lo tanto, parte de la seguridad y de la competitividad del propio sistema productivo.

No se trata sólo de fabricar tractores o cosechadoras: se trata de sostener localmente una parte de la tecnología necesaria para producir los granos, carnes y otros productos que generan divisas para el país.

Apertura de mercados: más oferta y más competencia

La apertura de la economía presenta simultáneamente oportunidades y desafíos.

“En primer lugar, nos dio una ventaja, que es la de completar nuestro portfolio, pero al mismo tiempo la llegada de equipos importados, genera una presión sobre la fabricación local de maquinaria”, dice Fernández.

Pero John Deere tiene experiencia adaptándose a los cambios del país. La compañía comercia en Argentina desde 1958 y fabrica desde hace 68 años en su planta de Granadero Baigorria, Santa Fe. En ese recorrido pasó de una manufactura altamente integrada a un esquema regional en el que distintas plantas cumplen funciones específicas dentro de la cadena productiva.

La planta santafesina mantiene actualmente una actividad centrada, entre otros productos, en motores, además de realizar ensamblajes de tractores y cosechadoras para el mercado doméstico. Los motores producidos en Argentina se utilizan también en equipos John Deere fabricados en otros países de la región, particularmente Brasil. La planta forma parte así de una cadena industrial regional en la que un componente fabricado en Argentina puede terminar integrado en una máquina producida en otro mercado.

La continuidad de esa manufactura dependerá de su capacidad para competir dentro de una cadena productiva cada vez más integrada.

El desafío que enfrenta ahora la Argentina es doble: acompañar la transformación del agro hacia un modelo basado en datos y, al mismo tiempo, mantener una manufactura capaz de competir en un mercado más abierto.

La conectividad, el financiamiento, la renovación del parque, la capacitación y las condiciones de competitividad industrial serán determinantes para definir hasta dónde puede avanzar la nueva agricultura argentina.

Fernández ve en ese proceso una oportunidad: “Creo que tenemos esa oportunidad de ser el país más eficiente del mundo avanzando en todas estas cosas. Tenemos todo dado para eso, ojalá así sea”.

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