México reabre la puerta al fracking: apuesta por el gas shale para reducir dependencia de EE UU
El país importa cerca del 75% del gas que consume y proyecta que la demanda crezca 18% hacia 2030, lo que acelera un giro energético con implicaciones económicas y ambientales.


México se encamina hacia un cambio de fondo en su política energética. El gobierno de Claudia Sheinbaum evalúa permitir el uso de la fracturación hidráulica (fracking) para explotar sus reservas de gas de esquisto, en un intento por reducir la alta dependencia de importaciones provenientes de Estados Unidos y reforzar la seguridad energética del país.
El movimiento marca un viraje respecto a la postura de años recientes, en los que el fracking enfrentó resistencia política y ambiental. Hoy, el argumento central es económico y estratégico: garantizar el suministro ante una demanda creciente y la volatilidad del mercado internacional.
“Es una decisión responsable aumentar nuestra soberanía energética. Si no hacemos nada, cada vez vamos a importar más”, afirmó Sheinbaum al anunciar la creación de un comité científico que evaluará la viabilidad ambiental de esta técnica. El grupo entregará conclusiones en un plazo de dos meses.
Dependencia crítica y presión de demanda
El diagnóstico es claro. México importa aproximadamente el 75% del gas natural que consume, y cerca del 80% de esas importaciones provienen de Texas, lo que concentra el riesgo en una sola región. En 2025, la demanda nacional alcanzó los 9.1 mil millones de pies cúbicos diarios (Bcf/d), de los cuales solo 2.3 Bcf/d fueron producidos por Pemex.
El resto —unos 6.8 Bcf/d— se cubrió con compras externas
De acuerdo con la Secretaría de Energía, esta dependencia no solo expone al país a interrupciones en el suministro, sino también a variaciones de precios que impactan directamente en la industria y la generación eléctrica. La propia secretaria, Luz Elena González Escobar, advirtió que “es necesario anticiparnos a estas vulnerabilidades”.
El desafío se intensifica hacia adelante. Las proyecciones oficiales indican que la demanda de gas crecerá hasta 10.8 Bcf/d en 2030, impulsada principalmente por:
La expansión de centrales eléctricas de ciclo combinado
El aumento en la producción de fertilizantes
La reactivación petroquímica
El potencial del shale: abundante pero controvertido
México cuenta con uno de los mayores recursos prospectivos de gas shale en América Latina: alrededor de 141 billones de pies cúbicos (Tcf), cifra que supera ampliamente los 83 Tcf de gas convencional.
Las principales cuencas se ubican en el norte del país, especialmente en Burgos y Tampico-Misantla, donde Pemex planea enfocar parte de su estrategia de expansión. La empresa busca elevar su producción total de gas a 5.8 Bcf/d para 2030, incluyendo hasta 1.2 Bcf/d de gas no convencional.
A más largo plazo, la meta es aún más ambiciosa: alcanzar 3.2 Bcf/d de producción de shale hacia 2035.
La tensión ambiental
El impulso al fracking, sin embargo, reabre un debate sensible. La técnica ha sido cuestionada por su alto consumo de agua —un recurso escaso en varias regiones del país— y por los riesgos asociados a la contaminación de acuíferos y emisiones.
Sectores ambientalistas y parte de la base política del partido gobernante han manifestado su rechazo. Ante ello, el gobierno busca construir una narrativa de “fracking sustentable”, apostando por tecnologías como el reciclaje de agua y el uso de químicos menos agresivos.
“Si vamos a hacer explotación de gas no convencional, tiene que ser de una manera sustentable”, subrayó Sheinbaum.
Un giro estratégico con impacto regional
El eventual regreso del fracking en México no solo redefine su política energética, sino que podría alterar dinámicas regionales en América del Norte. Una mayor producción interna reduciría la dependencia del gas estadounidense, particularmente del sur de Texas, uno de los principales hubs energéticos del continente.
Al mismo tiempo, el movimiento se da en un contexto global donde el gas natural sigue siendo considerado un combustible de transición hacia matrices energéticas más limpias, lo que coloca a México en una posición compleja: equilibrar seguridad energética, crecimiento industrial y compromisos ambientales.
FOTO: Canva



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