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¿Por qué crece el interés en la inversión en petróleo y gas en aguas profundas de América Latina?

Empresas como SLB y Baker Hughes coinciden en el diagnóstico: América Latina está entrando en una fase de expansión en proyectos offshore (costa afuera), particularmente en aguas profundas.

27/4/2026
Petroleo aguas profundas
Redacción Simalco
Redacción Simalco

La inversión en petróleo y gas vuelve a mirar hacia América Latina. No por casualidad: en un contexto global marcado por tensiones geopolíticas —especialmente en Medio Oriente— y por la creciente preocupación en torno a la seguridad energética, las grandes compañías de servicios petroleros están reconfigurando sus apuestas. La región, con reservas aún subexplotadas en aguas profundas, aparece como una de las piezas clave del tablero.

Empresas como SLB y Baker Hughes coinciden en el diagnóstico: América Latina está entrando en una fase de expansión en proyectos offshore (costa afuera), particularmente en aguas profundas, con países como Guyana, Brasil y Surinam a la cabeza. A esto se suma el impulso de recursos no convencionales en Argentina, consolidando un mapa energético diverso y estratégico.

Un cambio de eje: seguridad energética y diversificación

La guerra y la inestabilidad en regiones tradicionalmente productoras han reactivado una lógica que parecía diluirse en la transición energética: asegurar el suministro. Lorenzo Simonelli, CEO de Baker Hughes, lo sintetizó en su más reciente reporte trimestral: la prioridad global es diversificar fuentes de energía y reducir la dependencia de zonas de riesgo.

Este giro está reactivando la inversión en el segmento upstream, es decir, la etapa inicial de la industria petrolera que incluye exploración y producción. En este terreno, América Latina ofrece ventajas claras: vastos recursos, menor saturación que otras regiones y, en algunos casos, marcos regulatorios que buscan atraer capital extranjero.

¿Qué son las aguas profundas y por qué importan?

Los proyectos en aguas profundas se desarrollan a más de 500 metros de profundidad, y en algunos casos superan los 1.500 metros (ultra-deepwater). Son técnicamente complejos, requieren inversiones multimillonarias y largos plazos de maduración —lo que en la industria se conoce como proyectos de ciclo largo.

A diferencia de estos, los proyectos de ciclo corto —como el shale en Vaca Muerta en Argentina— permiten respuestas más rápidas a los cambios en precios del petróleo, con menores tiempos entre inversión y producción.

La combinación de ambos modelos está redefiniendo la estrategia energética regional: ingresos rápidos por no convencionales y apuestas estructurales en offshore.

Guyana, Brasil y el nuevo mapa energético

El caso de Guyana es paradigmático. En menos de una década, el país pasó de ser un actor marginal a convertirse en uno de los hotspots petroleros más importantes del mundo, con descubrimientos liderados por ExxonMobil. Se estima que su producción podría superar el millón de barriles diarios antes de 2030.

Por su parte, Brasil continúa consolidando su liderazgo en aguas profundas con el desarrollo del presal, una de las reservas más grandes descubiertas en el siglo XXI. Y Surinam emerge como el siguiente candidato a replicar el “boom guyanés”.

México también mantiene actividad offshore relevante, especialmente en el Golfo, aunque con desafíos regulatorios y financieros que han ralentizado su expansión.

Dinámica empresarial: crecimiento con matices

Los resultados financieros reflejan este movimiento, aunque no de forma homogénea. Baker Hughes reportó ingresos por US$600 millones en América Latina, un crecimiento interanual del 6%, impulsado por la actividad en México y Argentina. En contraste, SLB registró una caída del 2%, con ingresos por US$1.530 millones, aunque destacó un aumento en operaciones offshore en México y Guyana.

A esto se suma la visión de Halliburton, que anticipa que América Latina será el principal motor de crecimiento de sus ingresos en 2026, reforzando la narrativa de expansión regional.

Riesgos: dependencia, volatilidad y transición energética

El auge de las aguas profundas no está exento de tensiones. La primera es estructural: el riesgo de reforzar la dependencia de economías latinoamericanas en los hidrocarburos, en un momento en que la transición energética global exige diversificación hacia fuentes limpias.

La segunda es financiera. Los proyectos offshore requieren inversiones elevadas y son sensibles a la volatilidad del precio del crudo. Un escenario de precios bajos puede frenar desarrollos o volverlos inviables.

Y la tercera, ambiental. La explotación en aguas profundas implica mayores riesgos operativos —derrames, impactos en ecosistemas marinos— y una creciente presión regulatoria y social, especialmente en países con agendas climáticas más activas.

¿Oportunidad o dilema?

América Latina se encuentra ante una paradoja: posee algunos de los recursos energéticos más atractivos del mundo en un momento de alta demanda, pero también enfrenta la presión de alinearse con objetivos climáticos globales.

La apuesta por aguas profundas podría traducirse en ingresos, empleo y posicionamiento geopolítico. Pero también plantea una pregunta de fondo: ¿cómo aprovechar este ciclo sin comprometer el futuro energético y ambiental de la región?

La respuesta no será homogénea. Pero lo que parece claro es que, en el corto y mediano plazo, el petróleo —y en particular el que yace bajo miles de metros de agua— seguirá siendo parte central de la ecuación latinoamericana.

FOTO: Tom Fisk