Infraestructuras críticas, en la línea de fuego: vulnerables al clima extremo y a las ciberamenazas en 2026
En gran parte de los países de la OCDE, las redes eléctricas son antiguas, están subfinanciadas y resultan difíciles de modernizar justo cuando la demanda crece por la electrificación y la transición energética.


Las infraestructuras críticas —energía, agua, transporte y sistemas digitales— están cada vez más expuestas a los principales riesgos globales identificados para los próximos años. El Informe sobre Riesgos Globales 2026 del Foro Económico Mundial advierte que el mundo entra en una “era de desorden”, marcada por una combinación peligrosa de fenómenos meteorológicos extremos, tensiones geopolíticas y amenazas cibernéticas que ponen bajo presión los cimientos de nuestras economías y sociedades.
Paradójicamente, aunque estos sistemas son esenciales para la vida moderna, la “disrupción de las infraestructuras críticas” sigue apareciendo en un lugar sorprendentemente bajo en la percepción de riesgo: ocupa el puesto 22 en el horizonte de dos años y el 23 en el de diez años, según la encuesta a expertos del propio informe. Es una señal preocupante, porque cuando la infraestructura falla, los efectos no se quedan en un solo sector: se propagan en cascada hacia la economía, los servicios públicos y la estabilidad social.
El clima extremo pone a prueba sistemas diseñados para otro mundo
El cambio climático ya está estresando infraestructuras que fueron construidas bajo supuestos que hoy ya no se cumplen. Las redes eléctricas enfrentan picos de demanda por olas de calor cada vez más frecuentes, justo cuando las altas temperaturas reducen la eficiencia de los equipos y aumentan el riesgo de fallas. En paralelo, la generación hidroeléctrica queda atrapada entre dos extremos: inundaciones que dañan instalaciones y sequías severas que pueden paralizar por completo la producción.
Las infraestructuras costeras figuran entre las más vulnerables. Grandes ciudades portuarias como Singapur, Yakarta o Manila son nodos críticos del comercio y la logística global. Una disrupción en estos puntos no solo afecta a las economías locales, sino que puede repercutir rápidamente en las cadenas de suministro y en los mercados financieros internacionales.
Ciberamenazas y conflictos: una frontera cada vez más híbrida
A la presión climática se suma un entorno geopolítico más tenso y un ecosistema digital más expuesto. Las infraestructuras se han convertido en objetivos estratégicos: desde cables submarinos y satélites hasta puertos, oleoductos y redes eléctricas. La ciberinseguridad se mantiene entre los principales riesgos de la próxima década, y un ataque exitoso contra un sistema energético o una red de control de tráfico aéreo puede desencadenar efectos en cadena que amplifican otras crisis físicas o políticas.
La digitalización, que ha hecho más eficientes a muchos sistemas, también ha ampliado la superficie de ataque. Redes, puertos y oleoductos conectados ofrecen nuevos puntos vulnerables tanto para grupos criminales como para actores vinculados a Estados.
La crisis silenciosa: infraestructuras que envejecen y falta de recursos
Más allá de los escenarios más visibles, el informe también apunta a un problema menos espectacular, pero igual de peligroso: el deterioro progresivo de las infraestructuras críticas. En gran parte de los países de la OCDE, las redes eléctricas son antiguas, están subfinanciadas y resultan difíciles de modernizar justo cuando la demanda crece por la electrificación y la transición energética.
A esto se suma la presión sobre las finanzas públicas. Aunque los riesgos económicos no aparecen entre los primeros lugares del ranking, muchos gobiernos enfrentan altos niveles de deuda y menor margen fiscal. Cuando la economía se debilita, también se reduce la capacidad de invertir en mantenimiento, resiliencia y prevención, justo cuando más se necesita.
Un cambio de enfoque urgente
El principal llamado del Informe sobre Riesgos Globales 2026 es a dejar de ver estos desafíos por separado. Los riesgos están interconectados: una red eléctrica estresada por el calor también puede ser vulnerable a un ciberataque; un puerto afectado por inundaciones puede amplificar choques en la cadena de suministro y tensiones sociales; y la falta de recursos limita la capacidad de respuesta frente a cualquiera de estos escenarios.
En esta “era de desorden”, el mayor error sería seguir tratando la infraestructura como un tema secundario o meramente técnico. Los cimientos de la economía y de la vida cotidiana están en juego. La conclusión es clara: las infraestructuras críticas no solo están en la línea de fuego, también deben pasar al centro de la agenda de seguridad, inversión y política pública si se quiere evitar que la próxima gran crisis empiece, literalmente, desde abajo.
FOTO: Shubham Jana

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